Mi marca personal
Ser una persona en internet a veces es muy cansado...
Este post es un poquito largo, así que te recomiendo tres cosas:
1. Prepárate un café, un té, un chocolate o algo rico para tomar mientras lo lees.
2. Léelo desde la web o la aplicación, en tu correo no lo podrás leer entero.
3. Si te gusta lo que cuento y cómo lo cuento, suscríbete para estar al día de lo que vaya escribiendo (es gratis).
No he sido la persona más crónicamente online de la historia, pero he vivido varias fases de la evolución de las redes sociales; he disfrutado de varias de ellas y confieso echar mucho de menos Myspace, Livejournal y Fotolog. El caso es que todas las redes empiezan a perder la gracia cuando, en vez de poder limitarte a existir en ellas y ser feliz compartiendo tus movidas con tus amigos o fologüers, tienes que empezar a crear una marca personal, a condensar tus vivencias e ideas para que quepan en dos frases concisas, convincentes y con salero, y así mostrarte como algo1 fácil de digerir y paladear para que te elijan a ti sobre las demás propuestas. Recordemos que todo esto ha pasado cuando lo único que querías era que tus amigos del pueblo o tu primo de Almería vieran lo bien que te lo pasaste en tus vacaciones en Lanzarote. Cualquiera diría que nos sentimos obligados a convertirnos en expertos en marketing para que el algoritmo funcione a nuestro favor a la hora de parecer que existimos en este inmenso océano que conforman las redes sociales. Y es que a estas alturas, ya es difícil que, por ejemplo, tus amigos cercanos vean tus actualizaciones en instagram debido a la saturación de publicidad y de posts de desconocidos que hay en nuestros feeds. El algoritmo no respeta nada más que al que promociona sus publicaciones con una cantidad económica. Pero, perdona que te diga, algoritmo de las narices: yo no quiero ser una marca. No quiero promocionar mi vida como si fuera un anuncio de Shein.
Estoy cansada de que me aparezcan publicaciones de gurús de Substack que proclaman a los cuatro vientos que solo debes hablar de un tema en tu newsletter y limitarte a ese tema en concreto y a nada más para no perder suscriptores o seguidores, para ser relevante y aparecer en el top de publicaciones del mes. No quiero que me insten a dejar comentarios como estrategia para promocionarme y ganar visibilidad. Ni que me sugieran que es mejor seguir a usuarios de forma aleatoria para intentar conseguir casito a cambio. Yo no quiero nada de eso, os lo digo de verdad.
Me encanta escribir sobre lo que me gusta, sobre mis experiencias o sobre esas ideas que me van rondando por la cabeza durante días y que necesito sacar de mi sistema. Empecé Desubicada pop para desoxidarme después de muchos años sin escribir. No sé si alguna vez se me ha dado realmente bien la escritura, pero sí sé que es algo que me ha reportado varias alegrías y en algunos momentos hasta me ha ayudado a lidiar con un gran dolor. Quería volver a tener eso. Pero además, el registrarme en Substack, me ha brindado la oportunidad de descubrir un montón de voces nuevas, de aprender y disfrutar con lo que escriben otras personas, y me congratulo de considerarme más lectora que escritora en esta red. Porque de eso se trata, ¿no? De encontrar palabras agudas y chisporroteantes, culos inquietos, talentos aspiracionales y mentes afines a base de escuchar y/o leer otras voces, además de la propia. Por eso es una red social. Idealmente hablando, claro. Porque yo soy muy idealista.
Y es que me da bastante rabia que nuestras redes sociales se estén llenando de marcas (personales o de lo que sea) y que lo social parezca estar relegado a un segundo, tercer o cuarto plano, al paso que vamos. Echo de menos cuando todo esto era campo estaba lleno de gente real, con vidas reales, vacaciones reales y amigos reales en vez de tantos filtros, tanto lenguaje SEO, tantas colaboraciones vacías y tanta publicidad de cosas que no necesitamos. Echo de menos cuando en internet no era solo un escaparate de compraventa de megustas.
Sé que no todo tiempo pasado fue mejor y no quiero vivir enterrada en la nostalgia, pero echo de menos esa autenticidad de antaño. Creo que aquí en Substack todavía se puede encontrar si la buscas, pero desde que la popularidad de esta red ha comenzado a crecer y las celebrities se han puesto a abrir sus propias newsletters, cada vez cuesta más trabajo encontrar publicaciones reales e interesantes entre todo el contenido hecho para venderte algo, para el puro autobombo, o lo que es peor, el contenido creado por IA (que me gustaría saber cómo reconocer sin necesitar de otra IA, como ya comenté por notes).
He estado dándole muchas vueltas a todo esto porque durante los últimos meses he leído sin cesar a varias personas por aquí que han hecho que me pique el gusanillo de querer escribir mejor. No tengo aspiraciones profesionales relacionadas con la escritura, pero sí me gusta la idea de poder ir haciéndolo mejor, por puro crecimiento personal y por ser más creativa. Después de eso, ha venido el gusanillo de querer que mi Substack tenga más sentido en sí mismo. Cuando he intentado buscar pistas de cómo conseguir esto cuando no sé por dónde empezar, me he encontrado con eso de la marca personal en todas partes y algo en mí se resiste de pleno a utilizar eso aunque sea a mi favor, porque no me hace gracia la simplificación que implica. Las personas somos más que dos frases.
Y de todas maneras, el nombre Desubicada pop surgió en parte por esa sensación de no encajar con algo en concreto, ya sea en la vida real, ya sea en la virtual. Por lo tanto, creo que no tengo la necesidad ni la obligación de justificar por qué hago lo que hago y por qué lo hago así para contentar a alguien que probablemente no querría leer un texto tan largo como este para entender de qué palo voy. Además, no quiero elegir un solo tema del que hablar. Me gusta hablar de un libro un día, otro día de un viaje y otro día, hacer una publicación que sea más totum revolutum. No llego a eso de “never let them know your next move” porque no puedo comprometerme con el caos a tales niveles por el momento, pero creo que es esa falta de enfoque lo que en cierto modo me define o caracteriza.
Aun con todo esto, sí que he tomado una serie de decisiones:
He decidido enseñar mi cara en esta red porque las personas reales debemos reclamar nuestro espacio en este mar de productos y marcas.
Estoy decidida a mejorar mi estilo de escritura y a encontrar mi voz. Así que a partir de ahora es posible que os encontréis con publicaciones no tan típicas de mí o escritas con más torpeza de la que ya acarreo. Confiemos en el proceso.
He sustituido a Wei Wuxian como imagen de Desubicada pop y en su lugar ahora se encuentra la pequeña Olive Hoover de Pequeña Miss Sunshine.
Habré visto Pequeña Miss Sunshine un millón de veces y media porque es una de estas películas que siguen sorprendiéndome con cada visionado, aunque sea simplemente por cómo a los 30 y pico entiendes más al personaje que no te caía bien a los 20. Un poco como lo que me pasó con Girls este verano.
Cuando vi por primera vez la película a mis 16 ó 17 años, por supuesto que simpaticé especialmente con Dwayne, el personaje interpretado por el maravillosisísimo Paul Dano (en esta casa ya no nos cae bien Tarantino, por descontado y por muchas razones), porque yo estaba en mi fase emo (aunque nunca fue una fase), porque también estaba flipando muy fuerte con Nietzsche en el instituto y porque, para les chiques de mi generación, Dwayne fue sin duda un crush de calidad muy superior a la media. Recordad que vivimos de lleno la época en la que la sociedad consideraba romántico el acoso de Edward Cullen, por lo que reconocer a un crush que fuera una persona como es debido nos costaba un poquillo.

Volví a ver la película hace poco y quizás porque estoy pasando por una especie de “fase de redefinición vital”, ese mensaje de que los verdaderos fracasados son los que tienen tanto miedo de hacer algo mal que ni siquiera lo intentan, caló en mí de forma diferente a las anteriores. Si me paro a pensarlo, soy una persona que se ha quedado a medio camino de muchas cosas, que ha empezado muchos proyectos que no ha llevado a su final, que trabaja en algo que no tiene nada que ver con aquello le gusta ni para lo que se formó. No soy rara por todo esto, pero sé que a ojos de algunas personas soy aquello que denominan una fracasada. Pero que puedan pensar esto de mí, significa que, al menos, he intentado hacer *cosas*. Quizás no siempre con todas mis fuerzas, pero lo he hecho. Otras veces, la vida se ha interpuesto. Y por eso, también tengo muchas historias que contar y sé un poquito de algunos mundos a los que nunca han tenido acceso algunas de esas personas exitosas que nunca se salieron del camino marcado. Yo no me quedé a vivir en esas rutas porque tomé un desvío o porque me echaron de la carretera, pero sigo llevando en la guantera la experiencia y el aprendizaje. Y algo que he aprendido es que el éxito, como la belleza, está en el ojo del que mira.
Volvamos a la niña: Olive se enfrenta a los distintos acontecimientos que suceden durante su viaje en dirección al concurso de belleza infantil con una curiosidad y una integridad que envidio. Probablemente, de todes de niñes somos así: sin prejuicios y con una ilusión a prueba de balas. Por eso hace el baile final sin dudar, aun viendo cómo son las actuaciones de las demás participantes del certamen, y da una lección a todos los presentes. Tener un abuelo tan punk como el suyo también ayuda, todo sea dicho. Pero vaya, algo me hizo sentir que esa inocencia y esa naturalidad, esa niña que fui todavía sigue ahí, deseando quitarse de encima los miedos y las dudas y simplemente tirar para adelante siendo ella misma sin disculpas y ver qué pasa. Quiero alimentar esa parte de mí, intentar deshacerme de esa autocensura que me nos solemos imponer al hacernos mayores y que mis proyectos no se queden sobre el papel, aunque no pueda llegar hasta el final o aunque el resultado no sea el esperado. Por eso tener a la pequeña Olive como imagen, como estampita, como tótem o espíritu animal, me ha parecido el movimiento adecuado en esta, eh, ¿Era de Honrar a mi Niña Interior? Venga, voy a llamarlo así.
En esta nueva era, quiero hacer lo que ya he dicho arriba, además de seguir abierta a la aventura y procurando que mi definición como persona no se base únicamente en un estado civil o en el puesto de trabajo que aparece en mi Linkedin. No quiero una etiqueta, quiero miles de ellas, quiero contener multitudes. Quiero que la gente se pregunte si de verdad he hecho tantas cosas o si me lo estoy inventando. Quiero ser juguetona, impredecible y dentro de lo humanamente posible, inabarcable.
Quiero que mi marca personal sea que es imposible imponerme una.
Canción del día:
Si ya habías pasado antes por aquí, ¡mil gracias por leerme!
Y si es la primera vez que te topas con mi Substack, ¡mil gracias por leerme (puedes suscribirte para leer más)!
Porque ya no te muestras como una persona, como un alguien, sino como un producto, un algo.









Maravilloso!
Enhorabuena!! Te sigo por aquí. Uno que también tuvo su fase emo, que tampoco fue una fase.