Enfurecida
Este post es un poquito largo, así que te recomiendo tres cosas:
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Hay quien diría que tengo una tendencia a llegar tarde a todas las series porque no las suelo ver mientras dura el boom inicial; suelo posponer mis visionados a unos meses o incluso años posteriores. Qué tontería más grande esta que acabo de decir, puesto que ahora tenemos la posibilidad de verlas en cualquier momento. Igual que sucede con los libros, a no ser que haya una caída o un fallo muy tocho equiparable al incendio de la Biblioteca de Alejandría, lo audiovisual es algo sin fecha de caducidad ni de consumo preferente. A qué momento histórico tan oscuro hemos llegado para que hayamos pasado a hablar de lo artístico como si se tratara de un yogur, ¿eh?
Vale, la movida es que la semana pasada me vi una serie española en la que no tenía demasiadas expectativas. Las pocas que tenía, se basaban en que aparecía Carmen Machi, que por lo general te da una cierta garantía de calidad. La serie en cuestión se llama FURIA y para algunos ya estaría pasada de moda aunque sea de 2025, pero en fin, ya sabemos cómo funciona esto del FOMO, el hype, el flinch, el agromenawer, etc.
Me la he visto casi del tirón, gracias a la duración de sus episodios, a sus tramas enredadas y llenas de giros que te mantienen enganchada, a su excelente apartado visual y a un buen repertorio de personajes e imágenes icónicos y de referencias a tutiplén (la mansión a lo Parásitos, los chándales a lo El Juego del Calamar, ese guiñito a Hard Candy… ).
No os voy a contar mucho más porque la serie merece ser experimentada por una misma, sin espóileres ni tampoco eso de “creo que esta serie es muy de tu rollo si te gusta blablablá” porque aunque a mí me mola encontrarme o que me recomienden cosas que son muy yo, a veces me gusta sorprender y sorprenderme. Así que vedla porque sí. O por lo puta ama que sale Carmen Machi en cada fotograma.
La serie, lo dicho, está muy bien; me ha encantado y me gustaría que se hiciera más ruido en torno a ella, además de la promoción correspondiente que se hizo en torno a su estreno hace varios meses. Ya sabemos que después de ese periodo promocional, parece que hay que actuar como si nada hubiera pasado. Si no lo has visto en ese determinado momento, llegas tarde al discurso que se genere1. Ya no existe.
Pero, volviendo a lo que quería contar, lo que verdaderamente ha calado en mí, es que todas sus protagonistas, con las que puedes simpatizar en mayor o en menor medida, tienen algo en común: son mujeres muy cabreadas. Y cabreadas por razones más que comprensibles. Son mujeres atrapadas por sus circunstancias, su clase económica, su pasado y/o su género, y que deciden hacerse justicia a todo volumen. Nada de venganzas que se sirven frías. Nada de esperar a que el karma actúe. Nada de simplemente dar su versión de los hechos para que un juez decida.
Me sorprendí sintiendo una cierta envidia. Qué coño, muchísima envidia.
Desde pequeñita se me ha educado (o condicionado) para no mostrar rabia ni ninguna actitud negativa o poco femenina (jajajajajajajaja). Para intentar ser siempre la persona más adulta de la conversación o del conflicto. Para poner la otra mejilla. Mi padre2 al leer esto me preguntará si es culpa suya que tenga tantos traumitas3, pero para su tranquilidad, la mayoría de los míos no provienen de sus métodos de crianza, sino de mi adaptación al mundo fuera de la seguridad de las paredes de mi casa.
En mis años escolares, prácticamente cada vez que di muestra de un mínimo de pensamiento crítico y conciencia propia, se me tachó de rebelde (como si esto fuera algo malo, entiéndase). Cuando intenté demostrar lo lista era o lo bien que se me daba algo, se me tachó de repipi y marisabidilla en vez de alentarme a seguir progresando. La primera vez que un compañero de clase me tocó el culo, fui a denunciarlo a una profesora, que resopló y me ignoró por completo, haciéndome sentir que era una chivata y una quejica. La niña de este vídeo podría haber sido yo perfectamente:
Cuando en esos años en los que eres una esponja, absorbiendo todo lo que ves y sientes y asimilándolo como el modo en el que funciona el mundo, el poso que todo esto te deja es que tu lugar está al fondo de la sala, hablando bajito, aguantando las humillaciones porque estas te acercan a la santidad (fui a un colegio católico, el sufrimiento siempre era de admirar). Durante la adolescencia y diría que hasta que se te termina de formar el lóbulo frontal, esto te puede convertir en víctima de muchas injusticias y vejaciones porque no sabes qué trato mereces, no sabes si tienes derecho a quejarte o denunciar, no sabes si te estás victimizando de más. Es padecer el síndrome de la impostora, pero de la ira o del dolor que sientes, y por lo tanto, no sabes si tienes potestad de hacer algo al respecto.
Una aclaración: no quiero decir con todo esto que tuviera una mala infancia, porque para nada, no fui ni soy una persona infeliz. Tuve la suerte de tener un buen entorno familiar y en casa nunca se me ha hecho sentir que valiera menos. Pero en el colegio y en el instituto, que son tu primer contacto con el mundo real y la sociedad, se me hizo sentir lo contrario. Y por mucho que te quieran tus padres, cuando el resto del mundo te castiga, sientes que hay algo en ti que no está bien. Que si la gente que no está obligada a apreciarte te dice que eres demasiado4, probablemente sea verdad, así que lo mejor que puedes hacer es bajarte el volumen, reaccionar lo justito, no ser un incordio de ningún tipo. Porque tal vez actuando como si todos fueran tiranosaurios menos tú, logres salir adelante.

A pesar de todo esto que os digo, a día de hoy ya no cargo con tanto victimismo como entonces5, y a pesar de todo, siempre me he resistido a amoldarme porque sí al resto del mundo, por más que fuera la opción más lógica o sencilla. Pero es que yo, como dice mi mejor amiga no es cierto, pero ojalá, Isa Calderón, existo muchísimo y nunca he sido como las demás, sino muchísimo mejor (os pido aquí un poquito de sentido del humor, porfas). Así que, para bien o para mal, nunca me he facilitado la existencia del todo, no siempre me he quedado al fondo de la habitación y sigo hablando como si me creyera más lista de lo que seguramente soy. Aunque ya no lo hago porque pasarlo regu te acerque a la santidad, sino porque al final resultó que sí era un poquito rebelde sin saberlo.
Durante el infierno escolar, encontré mi refugio en el punk y en las riot grrrls de los noventa, por lo que, aunque yo no pudiera gritarle en alto al mundo que me tenía hasta el parrús, al menos tenía a alguien que gritaba por mí cuando lo necesitaba. No tenía muchos amigos en el barrio, pero tenía mis discos y a la gente de los foros de música alternativa que me pasaban mis primeras canciones de Baby Horror o de Bikini Kill por el MSN, y mientras mis compañeros de clase se dedicaban a a abrirse paso en la falsa adultez que siente uno a los 15 años y en el mundo de los ligues6, yo me dedicaba, en la preciada soledad de mi habitación, a escuchar trescientas veces seguidas el American Idiot o a aprender a rasgar la voz a base de prueba y error para ver si conseguía sonar como Brody Dalle. La música siempre ha sido mi manera de canalizar mi rabia y expresarme, aunque fuera por medio de las canciones de otras personas que habían conseguido convertir en melodía aquello que yo sentía. Cuando empecé a subirme al escenario con mi primer grupo de música, noté que mi manera de mostrarme sobre las tablas, aun sin planearlo, era como una chica rabiosa, que alzaba la voz y ocupaba todo el escenario, como aquellas chicas de los noventa a las que admiraba.
La reflexión personal que saqué viendo FURIA fue que vivir en una sociedad me obliga a comportarme dentro de unos márgenes establecidos, pero la verdad es que, en ocasiones, desearía haber sido más incorrecta y más irracional. Me hubiera gustado haber rayado alguna palabra o frase muy desagradable con letras bien grandes en el coche de alguna de esas profesoras que me hicieron la vida imposible; haber reventado a martillazos toda la colección de guitarras a cierto elemento que ha ido desprestigiando mi trabajo y probablemente mi reputación cuando dejé de serle útil7; quemar una oficina donde trabajé para un señoro que era la mitad de lumbrera que Michael Scott, pero con todo el mal fondo del que este carecía… Envidio mucho esa actitud tan punk de hacer justicia a lo bestia sin pensar en las consecuencias. Pero, siendo realistas, al final no dejan de ser venganzas que parecen liberadoras, catárquicas y más que justas en pantalla o en canciones, pero en la vida real no tienen sentido ni cabida. No sé si deberían tenerlos. No estoy segura. ¿De verdad perdemos la razón cuando hacemos uso de malas formas, maneras violentas o lenguaje soez? ¿Se ha conseguido algo siendo tranquilita y conciliadora? Quizás por esta serie de dudas que me asaltan cuando pienso en ser yo mi propia vengadora punk, prefiero lograr la catarsis a través del arte (el mío y el de otras personas).
En fin, no puedo proponerme como meta de este nuevo año quemar cosas, partir caras, derrumbar edificios y destruir fronteras sin remordimientos, porque, reconozcámoslo, ni aunque fuera capaz de liberarme de las opresivas cadenas de la corrección legal y moral, lo haría. Pero sí puedo tratar de luchar más por mí misma, de no poner buena cara ni tener siempre buenas palabras ante quien carece de empatía o un mínimo de bondad. Puedo intentar no sentirme tan culpable cuando decido no poner la otra mejilla. Entender que si tengo “enemigos” o gente a la que no gusto es porque tengo ideas y pensamientos propios y porque no me dejo llevar por la corriente. Puedo tratar de perder el miedo a decir no y también a reclamar lo que me toca o lo que es mío. Puedo interiorizar que tengo derecho a no perdonar si en mi perdón no existe la sinceridad y que tengo derecho a denunciar y a exponer a quien hace daño a propósito. Que voy a celebrar más que nunca el derecho a quejarme (que se me da fetén) y ya me pueden decir que soy una plasta, que voy a seguir haciendo uso de ello todo lo que pueda. No quiero dejar de sentirme y de recordarme que estoy furiosa con el mundo o con lo que toque, porque como dijo Zack de la Rocha (o Aristóteles, no estoy segura): la furia es un don8.
Si no te despiertas con la rabia invadiéndote un poco cada día al ver cómo está el mundo, significa que te has rendido, que ya nada te importa. Y yo quiero que las cosas me importen. Desde las atrocidades que cometen Estados Unidos o Israel en nombre de una paz de la que no saben nada, hasta las injusticias a pequeña escala, como las que suceden a mi alrededor o las que me suceden a mí misma. Si cometo alguna injusticia, también quiero saberlo para cabrearme conmigo misma y tratar de actuar en consecuencia. Ya hay demasiada gente completamente anestesiada o con cero emoción hacia la vida, sin furia ni entusiasmo hacia absolutamente nada (si la furia es un regalo, el estusiasmo es la resistencia), haciendo como si nada fuera con ellos y dejándose llevar hacia el inevitable final sin hacer ruido ni resistirse, sin ni siquiera compartir una triste story sobre el colapso histórico y moral por el que estamos transitando o sobre cualquier cosa que incomode mínimamente a quien tenga un mínimo de conciencia.
En fin, si os soy completamente sincera, no sé bien cómo terminar este texto, cómo hacer que rime con el principio del escrito para que me dé esa satisfacción de cerrar un ciclo. He hablado de muchas cosas, algunas muy personales sobre las que no pensaba escribir hasta que me he puesto a ello. Escribir sobre la furia desde una perspectiva objetiva me parecía demasiado aburrido y hasta pedante. Espero que si alguien ha llegado hasta aquí, se lleve algo positivo, una historia con la que identificarse, recomendaciones de buena música y de una serie interesante o al menos la sensación de que esta lectura no ha sido una completa pérdida de tiempo. Y si no, acepto sugerencias y críticas siempre que estas sean constructivas. Tened en cuenta que un mal comentario podría hacerme perder la razón de una vez por todas y que de repente una venganza épica acabara pareciéndome la mejor de las ideas.
Canción del día:
Si ya habías pasado antes por aquí, ¡mil gracias por leerme!
Y si es la primera vez que te topas con mi Substack, ¡mil gracias por leerme (puedes suscribirte para leer más)!
Repito que yo estoy firmemente en contra de esta actitud.
Hola, papá.
No tantos, pero todos tenemos nuestras cositas.
Demasiado sensible, demasiado listilla, demasiado intensa, demasiado gritona, demasiado masculina, demasiado rebelde, demasiado grande, demasiado independiente…
Un poco sí, pero porque sigo siendo una dramática.
Nada de malo, simplemente yo no participé de esa parte de la cultura adolescente.
Esto lo contaré en mi esperadísima autobiografía cuando sea internacionalmente famosa. Estará llena de fotos mías tomadas por Annie Leibovitz y habrá un prefacio de Lucía Lijtmaer, mi otra mejor amiga ojalá.
Anger is a gift (“Freedom” - Rage Against The Machine). Por cierto, os recomiendo mucho que echéis un ojo a esta publicación de instagram.







Muchísimas gracias por comentar.
Fue un poco complicado en mi cabeza decidir publicar esto, pero ha merecido la pena de sobra si al menos tú te has sentido identificada con algo de lo que cuento. Y me haces sentir acompañada en esta especie de soledad por la que pasamos quienes siempre nos hemos sentido un poco fuera de lugar. Viendo cómo está el mundo, además, es mejor no encajar con la masa, al menos no del todo.
Un abrazo fuerte.
Buf, identificada, no, lo siguiente. He vivido muchas de las experiencias que describes. Y tiene sentido, porque no dejan de estar encadenadas; una le precede a la otra.
De adolescente me envolví en mi mundo PORQUE me juzgaron y reprimieron de niña. Sentía que nadie me comprendía y que igual el problema era yo. Tardé más años de los que me gustaría en sentirme cómoda conmigo.
Gran parte de mi vida me he sentido un cero a la izquierda y, naturalmente, huyo de las tendencias (me da mucha gracia que hago lo mismo que tú con las series 😂, hasta que no pasa el boom, no las veo).
Hoy, con 35 años, estoy orgullosísima de quien soy, pero joder... sí que dolió aprenderlo. Aunque, ¿sabes qué es lo más bonito?, darte cuenta de que nunca desencajaste realmente, porque siempre, en algún sitio, aunque fuera lejos, hubo gente como tú. Y eso te hace sentir menos sola.
Me encantó tu catarsis furiosa. Te seguiré leyendo 🤗.
PD: Qué pasada el post de Rage against 🤯. Me flipa todo lo que tiene que ver con neurociencia y psicología.